sábado, 16 de abril de 2011

2033: la película

El 5 de Febrero de este año (2011) llegó a la pantalla grande el estreno de 2033, película mexicana de ciencia ficción, y a su vez, ópera prima del director Francisco Laresgoiti. Incluida en la selección de varios festivales especializados como el Fantastik Film Festival de Suecia, o el Scifi London de Inglaterra, en México pudimos disfrutar de su pre-estreno en el marco del Scifantasy 2009. La cinta, paladín de la cinematografía nacional, se enfrenta ahora al reto de conquistar el gusto del público mexicano, acostumbrado a tantos churros locales que alejarían de la taquilla a más de uno.

Si bien es cierto que, los efectos especiales condicionan la calidad final de cualquier película que pretenda ilustrar el futuro de la humanidad, éstos deben satisfacer, por lo menos, el concepto de credibilidad para concretar con éxito el acuerdo tácito entre el autor y el público. Si los presupuestos no son tan impresionantes como los norteamericanos, (imposible compararnos), al menos contamos con la creatividad que nos ha mantenido a flote y que hoy nos permite incursionar en territorios, hasta hace poco, inalcanzables.

Por tanto, 2033 reinaugura el género de Ciencia Ficción nacional, con el auguro de germinar más proyectos que a la larga, nos coloquen de nueva cuenta en el mapa internacional del género, porque ya ha quedado demostrado que México, gracias a su condición multicultural, cuenta con elementos de inspiración infinitos, pero que todavía aguardan pacientes de ser desenterrados.




Sinopsis

El fraude en las elecciones presidenciales de 2012 lleva el descontento social a una ruptura definitiva del Estado mexicano. Tras el inminente colapso de las instituciones es el ejército quien asume los poderes fácticos de la nación y promulga un nuevo régimen totalitario, donde las libertades individuales de la población quedan suprimidas por completo. Desde entonces, la disidencia de unos cuantos, cobijados por la fe cristiana, mantienen viva la esperanza de recobrar la paz que alguna vez brilló en México, hoy Villaparaíso.

Pablo (Claudio Lafarga), joven arrogante, inmerso en la clase social privilegiada, no cuenta con mayor preocupación que sus planes de esparcimiento nocturno y la variedad de narcóticos consumidos. El paradero de su padre ocasiona una serie de interrogantes que lo obligan a reflexionar sobre la situación de desigualdad que impera fuera de las fronteras civilizadas, así que decide formar parte del bando rebelde.

Como sí la pesadilla orweliana no fuera suficiente, el susurro de un mundo feliz permanece a lo largo de la cinta: Pactia en vez de Soma, marginados en vez de salvajes; la realidad que asombra a Pablo no es otra que la misma que han padecido generaciones enteras a lo largo de la historia: la riqueza acumulada en unos cuantos y la pobreza en otros muchos. Es el Padre Miguel (Marco Treviño), líder de la rebelión, quien se encarga del adoctrinamiento de Pablo, quien consigue desintoxicarse de la distopía imperante en la metropoli.



Comentario

Las locaciones y el trabajo de fotografía se llevan las palmas de principio a fin. La limpieza estética en cada encuadre demuestra que el talento existe y es capaz de competir en el mercado internacional. La fisura que disloca la estructura toda, es, por desgracia, el guión y los argumentos. Tan predecibles que terminan por distraer la atención del espectador, aún en las secuencias que suponen el clímax narrativo. Ni una vuelta de tuerca, ni un giro inesperado, uno agradece las cortinillas digitales con planos panorámicos de la Ciudad de México, pero debemos comprender que una película no se hace en la sala de pos-producción. Si la trama fuera más elaborada, nadie echaría de menos los efectos especiales.

Donde más se advierte el límite presupuestario es en el vestuario. La etiqueta social exige una suerte de uniforme que haga desaparecer la idea de persona como individuo. Los aditamentos tecnológicos sobre las telas matizan la precariedad, pero no aportan gran cosa al desarrollo de la historia y desembocan en un accesorio meramente ornamental.

Lo que de plano nunca me cuadró es la elección del cristianismo como símbolo de resistencia, cuando la historia nos muestra que la religión, sobre todo la católica, ha sabido acomodarse en las élites de poder; ¿por qué México habría de ser la excepción?. Más aún cuando la idiosincrasia mexicana se inclina antes por el guadalupanismo que por el cristianismo. Esta bien que la guerra cristera haya fungido como instrumento de inspiración, pero que condicione la trama por completo es exagerado.

Un promedio general arroga una calificación aceptable, sin menciones honoríficas salvo la refinación estética antes apuntada. Ahora, lo que urge es tinta e imaginación inspiradas para alimentar al género de ciencia ficción que se ha distinguido por su origen literario antes que audiovisual.

VE: http://otakutlan.blogspot.com/2010/02/2033-la-pelicula.html

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